Durante décadas vimos El Chavo del 8 como una serie para
reír. Nos aprendimos sus frases, imitamos sus gestos y convertimos a sus
personajes en parte de nuestra memoria colectiva. Pero cuando se vuelve a mirar
la vecindad con otros ojos, se descubre que detrás de muchas de aquellas
escenas cómicas también había infancias marcadas por ausencias, carencias y
heridas emocionales que marcaron la personalidad de esos niños.
Haré referencia a los 4 niños que son la base de toda esta
serie:
-El Chavo del 8: niño noble, ingenuo y
sensible. Vive marcado por la carencia de económica, de hogar, el hambre, la
soledad y la necesidad de pertenecer.
- La Chilindrina: niña inteligente, traviesa, manipuladora y muy expresiva.
Busca constantemente atención, afecto y reconocimiento, en un entorno marcado
por la ausencia materna.
- Quico: niño mimado, presumido, competitivo y emocionalmente dependiente de su
mamá lo que lo lleva a ser berrinchudo y presumido. Refleja sobreprotección,
necesidad de aprobación y dificultad para tolerar la frustración. Carga con la
ausencia de su padre.
- Ñoño: niño educado, sensible y generalmente amable. Su apariencia física es
utilizada con frecuencia como motivo de burla, por lo que representa
experiencias asociadas con rechazo, estigmatización y bullying por el cuerpo.
El Chavo del 8 fue una serie de sátira que no pretendió hablar
exclusivamente sobre la infancia, pero sus personajes terminaron mostrando algo
profundamente humano: muchos niños aprenden a esconder sus heridas detrás de
una travesura, un berrinche, una broma, una forma de llamar la atención o
incluso una sonrisa.
Tal vez por eso, después de tantos años, muchos no solo
reconocen en aquella vecindad a los vecinos que se parecen a los que tenemos en
nuestro alrededor, sino reflejan en el niño interno que quería sentirse querido,
visto y aceptado.
Ahora la pregunta ya no debe ser de qué nos reíamos de los
capítulos de dicha serie, sino qué no fuimos capaces de ver y reflejarnos en
aquellos personajes. Además, y para mí lo más importante, de tomar conciencia
que toda ausencia paterna o materna marca mucho el desarrollo de la
personalidad de un niño y que sus efectos se ven reflejado en la etapa adulta.
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